Crítica: El Movimiento de Benjamín Naishtat

               El movimiento de Benjamín Naishtat cuenta la historia de un hombre (Pablo Cedrón) que decide fundar en la Argentina de 1853 un nuevo “movimiento” político para enfrentar la anarquía reinante de la época. Para lograr este nuevo orden debe convencer a los pobladores junto a sus dos fieles seguidores quienes lo ayudarán a juntar más adeptos mediante distintos métodos poco conciliadores.

         Ganadora como mejor película en la competencia argentina de la 30° Edición del Festival de Mar Del Plata, El movimiento, al igual que la ópera prima del director Historia del miedo, vuelve a poner en tensión las estructuras genéricas del cine utilizando, en este caso, la política argentina. En ambos films juega con una idea de “Falso documental”, tratando de romper la cuarta pared. En  El movimiento interpela en un momento de la narración a distintos personajes  donde además aparecen elementos actuales que hacen reflexionar al espectador y se pregunte por la vigencia de los temas tratados en la película.

            La fotografía es en blanco y negro y su formato es cuadrado (4:3) un poco tal vez para reafirmar la idea de lo primitivo y los orígenes y otro poco para situar al espectador en un momento anterior. Asimismo el director utiliza el primer plano y el plano detalle para los rostros y las miradas que recuerda al manejo que hacen Arcady Boytler y Raphael J. Sevilla con los personajes del pueblo en la escena del carnaval en La mujer del puerto (1933). Por otro parte, los planos generales remiten a imágenes estáticas, pinturas del 1800, Naishtat juega con lo pictórico y junto a la fotografía, el sonido y la luz imitan la atmósfera de una obra teatral  (por ejemplo, la cena a la luz de las velas y la muerte del padre de la chica).

            En cuanto a la narrativa hay un elemento clave que se repite de varias maneras en el film que es lo ritual que aparece de varias maneras: institucionalizado con la Iglesia, el ritual nativo y la reunión del final también tiene la misma lógica donde ahora le figura “santa” y con “poder” es el líder (Pablo Cerdón). También se genera una oposición entre lo público y lo privado, algo de la fiesta donde vimos al líder del movimiento tratando de incentivar a la gente que se sume rodeado de las tradiciones del pueblo está presente en la reunión que hace para contarles de qué se trata esta nueva corriente: toman, comen, charlan entre ellos, discuten pero en un ámbito abierto y no cerrado.

            Pedro Irusta es el encargado de la música original, pieza fundamental del film. Tanto la música extradiegética como diegética (las trompetas que tocan los líderes del movimiento son sinónimo de revolución) crean espacios y climas. A su vez a lo largo del film hay tres motivos que se repiten en distintas ocasiones casi siempre para aumentar la tensión dramática –al igual que el montaje paralelo– que hacia al final los tres motivos se mezclan y crean una sola pieza musical. Esto no es inocente, claro está. Los sonidos electrónicos, clásicos y de percusión finalmente logran fundirse logrando una sola melodía, una sola pieza.

            La película, al igual que la anterior de Naishtat, busca problematizar los géneros, los orígenes, las formas. Todo en ella, desde la fotografía pasando por la música, el modo de usar la cámara, los planos, los autos y motos que aparecen en el fondo durante el “documental” ponen en tensión las estructuras cinematográficas, los modos de hacer cine y de contar historias.

Publicado en: Cine

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